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¿Condicionamiento innato de la orientación política?

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¿Condicionamiento innato de la orientación política?

Área: Psicología — Miércoles, 12 de Septiembre de 2007
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En un experimento neurológico han podido determinar las inclinaciones políticas de unos voluntarios midiendo la actividad cerebral. Quizás los credos políticos estén precondicionados más por cuestiones fisiológicas que por el entorno social y la educación recibida.
En estudios previos se ha establecido un fuerte vínculo entre las inclinaciones políticas y el perfil de la personalidad. Los psicólogos notan que, en promedio, los individuos políticamente conservadores tienden a tener orden y estructura en sus vidas, son más conscientes en la toma de decisiones y, en definitiva, muestran estilos cognitivos más estructurados y persistentes. Los progresistas, por el contrario, muestran mayor tolerancia a la ambigüedad y complejidad, y se adaptan más fácilmente a circunstancias inesperadas. Algunos estudios apuntan incluso a que la orientación política podría tener un factor hereditario. 
Un grupo de científicos de la Universidad de Nueva York y de la Universidad de California en Los Ángeles, espoleados por estos datos, ha estudiado la hipótesis de que estos perfiles políticos están relacionados con diferentes funciones neurocognitivas, encontrando que muchas veces el progresismo está asociado con una fuerte actividad de cíngulo anterior cerebral, región que está relacionado con el manejo de la conflictividad. Esto sugiere mayores sensibilidades neurocognitivas a influencias que alteren el patrón de respuesta habitual.
En el estudio dirigido por David Amodio participaron 43 voluntarios diestros que fueron sometidos a 500 pruebas diseñadas para medir la habilidad de romper la respuesta habitual. En éstas se medía el tiempo de respuesta en apretar botones mientras se monitorizaba la actividad cerebral mediante un electroencefalograma.
Previamente se preguntó a los voluntarios sobre sus gustos políticos, desde un -5 (extremadamente progresista) a un +5 (extremadamente conservador). En el ejercicio computerizado se les sometía a un estímulo durante 0,1 segundos. Éste podría ser una “M” o una “W” sobre la pantalla. En el primer caso tenían medio segundo para apretar el botón de confirmación de la “M”. En el segundo caso no debían de hacer nada.
Este ejercicio conocido como Go/No-Go es un ejemplo de monitorización de conflicto. La “M” aparecía un 80% de las veces durante el mismo, de tal modo que cuando aparecía la “W” los sujetos de estudio, al estar “entrenados” para apretar la tecla “es una M”, tenían que afrontar un conflicto entre la respuesta entrenada y el nuevo estímulo.
El grado de conflicto se puede medir en la actividad cerebral en el cíngulo anterior (AAC en sus siglas en inglés). La gente que tiene más sensibilidad a la actividad de esta región cerebral responde mejor a esta clase de señales, de tal modo que adaptan su comportamiento más rápida y adecuadamente a un estímulo inesperado.
Conducimos de vuelta al trabajo por la misma carretera día a día sin ningún problema y no necesitamos pensar en la conducción (a veces parece casi mágico que un “conductor automático” conduzca por nosotros en esas circunstancias mientras divagamos sobre cualquier cosa), pero si súbitamente un animal cruza la carretera o sucede algo inesperado necesitamos romper con la respuesta habitual para poder manejar la nueva información. Sería una situación que los especialistas llaman ruptura no programada de rutina.
En el estudio aquí relatado los investigadores comprobaron que, en promedio, la gente descrita a sí misma como progresista tuvo en las pruebas 2,5 veces más actividad en el AAC y fueron más sensibles a la señal No-Go que sus compañeros conservadores.
Según Amodio los progresistas serían más sensibles a la necesidad de cambio y más sensibles a la necesidad de cambiar su comportamiento, mientras que los conservadores serían menos flexibles a la hora de desviarse de la rutina habitual aunque haya señales que le indiquen que debería de hacerlo. Serían más “rígidos” que sus compañeros progresistas.
Este investigador planea repetir el experimento con sujetos que tengan opiniones firmes en determinados temas que levantan pasiones políticas como el control de armas.
Según Amodio las inclinaciones políticas no serían en realidad una elección libre para las personas, sino que más bien esta característica estaría relacionada con las diferentes maneras en las que la gente procesa la información en sus cerebros. Pero algo que Amodio no ha podido demostrar convenientemente es si la actividad neuronal precede a la orientación política o si la orientación política condiciona la actividad cerebral. Según él como la región cerebral encargada de manejar los conflictos se forma pronto durante la infancia es probable que tenga una base genética, pero aunque los genes condicionen la orientación política, ésta puede modificarse por el ambiente. Además el cerebro es muy maleable y las funciones neuronales pueden cambiar como resultado de nuevas experiencias.
Es de suponer que siempre se puede cambiar de opinión, ¿o no?
Fuente principal: Scientific American.
Referencia: Neurocognitive correlates of liberalism and conservatism.

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Thalia