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Sobrevivieron a la catástrofe

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De Jose Manuel Nieves (el 13/06/2009 a las 20:18:44, en Ciencia)


Suerte, habilidad o simple casualidad. Contra todo pronóstico, numerosas personas han conseguido sobrevivir a las peores catástrofes, desde el hundimiento del Titanic a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. He aquí algunos ejemplos.
Está claro que el destino de Johanna Ganthaler estaba irremediablemente escrito. A esta italiana jubilada y residente en Austria la suerte, la buena, apenas si le duró unos días. Suerte porque Johanna y su marido perdieron el fatídico vuelo 447 de Air France, que terminó en medio del Atlántico el pasado 31 de mayo con 228 pasajeros a bordo. El matrimonio tuvo que esperar un día entero antes de abandonar Río de Janeiro en otro avión. Un día durante el que ambos, sin duda, compartieron la sensación de haber vuelto a nacer. 
Al final, sin embargo, Johanna no ha podido escapar de la muerte. Ya en Austria, y cuando parecía que la pesadilla había terminado, su coche chocó frontalmente contra un camión. Ella ha perdido la vida y su marido sigue ingresado en un hospital, gravemente herido.


Gerrit Blank. Este joven alemán de 14 años sobrevivió hace tan solo unos días al impacto de un pequeño meteorito, que cayó a sus pies mientras se dirigía caminando hacia el colegio

Sobrevivir es posible
Mucha más suerte han tenido, y tienen, un buen número de otras personas. Gentes de todas las razas y nacionalidades que, por un motivo u otro, han conseguido sobrevivir a las peores catástrofes, tanto humanas como naturales. Entre las primeras (que van desde accidentes aéreos a atentados terroristas, explosiones de gas o naufragios), son muchos los expertos que creen que la sola suerte no basta, que hay que acompañarla con toda una serie de actuaciones que, en momentos en los que todo parece perdido, pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Parece difícil, es cierto, pero hay que evitar, por ejemplo, después de una explosión, correr a la desbandada y en masa hacia las salidas de un recinto cerrado. Quien así lo haga podrá eludir una más que probable muerte por asfixia o aplastamiento, arrollado por la multitud. 


Tsutomu Yamaguchi. Este japonés de 93 años sobrevivió a las dos únicas bombas atómicas que hasta ahora han sido lanzadas contra ciudades habitadas: las de Hiroshima y Nagasaki, que estallaron los días 6 y 9 de agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial

En un avión que se despresuriza, sólo tenemos unos pocos segundos antes de perder el conocimiento, y hay que utilizarlos para colocarse uno mismo la mascarilla de oxígeno, antes incluso de ponérsela a nuestro hijo pequeño que se sienta al lado. De no hacerlo así, lo más probable es que ninguno de los dos se salve. En un incendio, habría que tener la sangre fría de comprobar hacia dónde avanzan las llamas y el humo, para correr en dirección contraria y no hacia una muerte segura por asfixia o quemaduras.
Catástrofes naturales
Todo cambia, sin embargo, cuando nos enfrentamos a una catástrofe natural. Olas asesinas, erupciones volcánicas, meteoritos o terremotos resultan, en la inmensa mayoría de los casos, impredecibles. Llegan de repente y siegan la vida de miles de personas todos los años. Aún así, hay quien consigue salvarse, casi siempre de milagro y sólo a veces por haber acertado casualmente la lotería de hacer justo lo necesario en el momento adecuado.

De esta misma semana es el caso, por ejemplo, de Gerrit Blank, un joven alemán de 14 años a cuyos pies cayó un pequeño meteorito del tamaño de un guisante mientras se dirigía a su colegio, en la localidad de Essen. El bólido, a más de 40.000 km por hora, le rozó una mano justo antes de abrir junto a él un boquete de más de 30 centímetros. «Al principio vi una gran bola de luz, y de repente sentí un dolor en mi mano. Un segundo después escuché una explosión que parecía un trueno. El ruido que siguió al relámpago de luz fue tan fuerte que mis oídos estuvieron zumbando durante horas. Cuando me golpeó salí volando y después se hundió en la carretera con enorme velocidad». 

Unos pocos centímetros de más y el meteorito le habría atravesado limpiamente. Para evitar el impacto de piedras más pequeñas que ésta se han realizado ya en más de una ocasión maniobras evasivas de la Estación Espacial Internacional...


Ann Hodges. Esta norteamericana dormía tranquilamente la siesta en su sofá cuando un meteorito atravesó el techo de su casa y la hirió en una cadera

No tanta suerte (aunque sí la suficiente como para poder contarlo) tuvo el 30 de noviembre de 1954 la norteamericana Ann Elizabeth Hodges, que mientras dormía plácidamente una siesta en su sofá fue herida en una cadera por un meteorito que atravesó el tejado de su casa en Oak Grove, Alabama. El caso, comprobado por las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, tuvo una amplia repercusión en todos los medios de comunicación de la época. Suerte o casualidad, resulta evidente que sobrevivir a una catástrofe no es algo imposible. 


Violet Jessop. Azafata y enfermera, vivió en primera persona tres naufragios en sólo cinco años. En 1911 el Olimpyc, un lujoso transatlántico, chocó con un buque de guerra británico y se hundió. En 1912 estaba a bordo del Titanic cuando naufragó y en 1916, en plena Guerra Mundial, el Britannic chocó con una mina y se hundió

Megatsunamis 
La mayor ola registrada en tiempos históricos se produjo en Lituya Bay, en Alaska, el 9 de julio de 1958. Un movimiento sísmico hizo que se precipitara al mar uno de los flancos de la estrecha bahía, y el resultado fue una masa de agua de 524 metros de altura que, en su avance devastador hacia mar abierto, arrastró rocas y vegetación de ambas orillas (ver foto). En el momento en que se levantó la ola había tres pequeñas barcas fondeadas en Lituya Bay. Una de ellas se fue a pique con sus ocupantes, pero las otras dos, gracias a una maniobra desesperada de sus tripulantes, consiguieron coronar la montaña de agua «negra por las rocas y los árboles que arrastraba», y salvar sus vidas. 

Entre los supervivientes se encontraban William Swanson y Howard Ulrich, que realizaban estudios geológicos para una compañía petrolífera y se convirtieron así en los primeros testigos presenciales de un «megatsunami».
Hiroshima y Nagasaki
El caso de Tsutomu Yamaguchi también ha dado la vuelta al mundo. Este japonés, que acaba de cumplir los 93 años, tuvo la inmensa fortuna, el 6 de agosto de 1945, de sobrevivir a la bomba atómica de Hiroshima. Habiéndolo perdido todo, Yamaguchi decidió refugiarse en Nagasaki. Mala opción, ya que sólo tres días después, el 9 de agosto, le tocó soportar también la segunda explosión, a la que igualmente sobrevivió. Aunque es el único superviviente oficial de las dos bombas, se piensa que en su misma situación puede haber otras 150 personas.


Roy Sullivan. Este guarda forestal norteamericano ha sido alcanzado por rayos en siete ocasiones diferentes. Y ha sobrevivido a todas ellas. Las probabilidades de que un rayo alcance a una persona son apenas de una entre tres mil
Los ejemplos se multiplican y con ellos se podrían llenar volúmenes enteros. Como el de la enfermera y azafata Violet Jessop, que sobrevivió, entre 1911 y 1916, a tres grandes naufragios, entre ellos el del Titanic. O el de Roy Sullivan, guarda forestal en el Parque Nacional de Shenandoah, en Virginia, que ha conseguido sobrevivir al impacto de un rayo... en siete ocasiones diferentes.

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