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Y fueron a la guerra

A finales del siglo XIX los excrementos de pájaro podían ser un recurso estratégico. Y las naciones luchaban por ellos. Tres países, Chile, Perú y Bolivia cambiaron su historia peleando por el guano y el salitre.

Finales del siglo XIX fue un momento de grandes cambios. Se produjo una segunda revolución industrial con un gran desarrollo tecnológico, importantes mejoras en higiene y medicina y, como consecuencia, un notable aumento de la población. Población que tenia que ser alimentada con técnicas agrícolas todavía muy tradicionales.

El guano, básicamente excrementos de ave, era un elemento estratégico por su abundancia en nitrógeno y fósforo que lo convertían en el mejor fertilizante para los cultivos, muy superior al estiércol de otros animales. La demanda era tan inmensa que los Estados Unidos crearon una legislación, Guano Islands Act Bandera inglesa, que permitía a sus ciudadanos tomar posesión “temporal” de cualquier isla, en cualquier lugar del mundo, donde existiesen depósitos de guano. Menos mal que pedía que no estuviese poblada ni bajo la jurisdicción de otros países. Unas cien islas fueron ocupadas incluyendo algunas tan conocidas como las islas Midway.

El Pacifico era la mayor reserva natural, destacando la zona costera y las islas entre Perú y Chile. En algunas zonas el guano, que se acumulaba en capas de hasta 50 metros, era extraído y enviado por barco a explotaciones agrícolas de todo el planeta. Esta riqueza generó conflictos de forma inevitable. Primero España intentó ocuparlas islas Chincha en la costa del Perú lo que ocasionó una declaración de guerra de Perú, Chile y Bolivia. Años más tarde, las disputas entre Chile y Bolivia por la explotación de algunas zonas del desierto de Atacama acabaron en una guerra que dejo a Bolivia sin acceso al mar y donde Chile ocupo partes de Perú, aliado de Bolivia incluyendo su capital, Lima.

La demanda de guano solo descendió con el desarrollo nuevas tecnologías. A principios del siglo veinte, las investigaciones de Fritz Haber y Carl Bosch permitieron la síntesis artificial del amoniaco que sirvió de base a numerosos compuestos nitrogenados. Entre ellos, fertilizantes artificiales que no dependían de fuentes naturales para su fabricación.

La gran materia prima actual es el petróleo como anteriormente fueron el carbón, el guano o el salitre. Me gustaría pensar que hemos avanzado un poco y ahora escogeremos invertir en nuevas tecnologías para reducir su consumo y no en armamentos para conseguir más.

El esquivo flogisto

Esta claro que un objeto que arde libera algo más que luz y gases. Algo capaz de calentar los objetos cercanos. Pero, ¿qué es?. Ahora lo llamamos energía pero la primera idea fue una esquiva sustancia a la que se denominó flogisto. Intentando encontrarla se crearon las bases de la química moderna.

La teoría del flogisto fue desarrollada por Georg Stahl  a partir de una propuesta de Johann Becher.  Era el principio del siglo XVIII y todavía se utilizaba la alquimia  como base para intentar comprender el mundo. Dentro de este planteamiento, el flogisto era una sustancia hipotética que se desprendía al arder u oxidarse un objeto. Según esta teoría, cuanto mayor era la cantidad de flogisto contenida en un material, mas calor desprendía el objeto al entrar en combustión. Al arder, el flogisto abandonaba el material y se acumulaba en el aire. De hecho, una de las variantes de este teoría sostenía que el flogisto era más ligero que el aire. Así, los gases liberados en la combustión se elevaban "arrastrados" por el flogisto. También se suponía que cuando el aire estaba "saturado" de flogisto la combustión era imposible. Esta teoría tenía puntos positivos. Por ejemplo, explicaba porque, en un recipiente herméticamente cerrado, la combustión se detenía. Sin embargo, también tenía algunos problemas.  Metales como el magnesio aumentaba de peso al arder. Esto obligaba a concluir que, en ellos, el flogisto tenía peso negativo. Un material invisible y con peso negativo era difícil de aceptar.
Experimento de Lavoisier. Fuente: Wikipedia

En 1773, Antoine Lavoisier  realizó un experimento clave basándose en un trabajo anterior de Joseph Priestley.  Este había aislado el oxigeno del aire pero no comprendió su papel en la combustión. Lavoisier diseño el recipiente hermético de la imagen donde calentó lentamente mercurio y aire. Esto creó  óxido de mercurio  y desprendió calor. Cuando dejó de formarse óxido separo el gas restante al que llamo azoe y que era básicamente nitrógeno. Rodeados de este gas los animales morían y las llamas se apagaban. Luego calentó el oxido de mercurio lo que liberó otro gas y volvió el mercurio a su condición inicial. Este gas avivaba las llamas y permitía la vida de los animales. Lo bautizó como oxigeno.

En otro experimento similar concluyó que, en este tipo de reacciones, las sustancias se combinaban en un nuevo material  pero el conjunto no variaba de peso. Esto abría el camino al estudio de la química entendida como la combinación de elementos básicos y no como un cambio en sus propiedades. Fue un cambio fundamental cuanto aún quedaban cuarenta años para que Dalton propusiese la teoría moderna del átomo.

Curiosamente, hubo que esperar hasta Einstein para descubrir que, en realidad, masa y energía si estaban relacionados.  Aunque la variación de masa en una reacción química es insignificante,  la historia de la ciencia esta llena de sorprendentes giros como este.