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Criptología bacteriana

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Criptología bacteriana

Área: Biología — Martes, 27 de Septiembre de 2011
Logran cifrar mensajes secretos de una manera sencilla usando bacterias E. coli.
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Formación de cultivos bacterianos fluorescentes. Fuente: Manuel A. Palacios/Tufts University.
Todos los que hemos tenido alguna inquietud científica hemos experimentado de pequeños con la llamada “tinta invisible”, que básicamente consistía en escribir un mensaje sobre un papel con jugo de cebolla o limón. Una vez seco, cuando se colocaba el papel sobre una llama el mensaje aparecía como por arte de magia. Este truco tan simple permitía jugar a los espías, aunque había que ser hábil y no quemar el papel junto a su mensaje oculto.
En las películas de hace tiempo se veían además otros sistemas, como los microfilms, que no eran más que películas fotográficas con prestaciones fabulosas (los guionistas nunca supieron las prestaciones reales de las emulsiones fotográficas ni los límites de difracción de las lentes y siguen sin saber mucho sobre imágenes los guionistas de series como CSI). 
También había otras maneras en la que los espías se pasaban información, como los micropuntos, que en realidad nadie sabía lo que eran ni como se confeccionaban. Ahora todos podemos usar algoritmos de encriptado tipo RSA y programas gratuitos como gpg para enviarnos mensajes cifrados. De hecho, lo ideal sería que todos nuestros sistemas de comunicación estuvieran cifrados, incluyendo nuestros teléfonos móviles. Pero si queremos usar un medio físico recordemos que ya hay tarjetas micro SD de 128 G. Teniendo en cuenta que hace 12 años era normal usar un ordenador con 1 G de disco duro y que hasta hace poco lo habitual eran lápices de memoria de 128 M esta capacidad de almacenar información no deja de ser absolutamente sorprendente y no imaginada por ninguna película futurista del pasado. No hay micropunto que lo supere.
Los problemas de cifrado y envío de información por parte de los espías están solventados. Pese a eso, podemos querer rizar más el rizo y crear un sistema biológico que envíe mensajes en el ADN de bacterias. No será un sistema muy práctico, pero como problema académico puede ser bonito.
Manuel Palacios y su equipo de Tufts University han desarrollado un sistema que permite codificar información en el color de bacterias fluorescentes. La técnica que han desarrollado tiene el curioso nombre de SPAM (steganography by printed arrays of microbes) y crea mensajes más o menos complejos en algo tan pequeño como un conjunto de colonias de bacterias que puede ser enviado a cualquier lugar en un sobre. Los mensajes pueden ser descifrados usando antibióticos y un equipo sencillo de laboratorio.
Durante años los científicos han sido capaces de codificar mensajes en el ADN de microorganismos, como hace poco hizo Craig Venter en su bacteria semisintética. Pero estos sistemas eran muy complejos.
Este equipo de investigadores de Tufts University ha usado una aproximación al problema más simple para cifrar mensajes en siete cepas de E. coli. Cada una de estas cepas fue modificada genéticamente para producir proteínas fluorescentes de distinto tipo que emiten diferente luz bajo la radiación adecuada. En este caso basta el uso de una tecnología sencilla e incluso emplean diodos emisores de luz (LED) corrientes en esta iluminación. Para que las bacterias produzcan fluorescencia se necesita activar los genes que expresan las proteínas correspondientes.
En este sistema se hacen crecer colonias de estas bacterias en formaciones alineadas de recipientes. Cada uno de ellos tiene una combinación de dos colores correspondientes a diferentes letras, dígitos o símbolos. Así por ejemplo la fluorescencia amarilla en uno de esos recipiente puede significar la letra “t”, mientras que la naranja puede denotar a “d”. Con siete colores pueden obtener 49 combinaciones posibles que codifiquen las 26 letras del alfabeto y otros signos o símbolos alfanuméricos.
Una vez crecidas, el patrón de colonias es “imprimido” (las bacterias quedan así inmovilizadas) sobre una hoja de nitrocelulosa que se guarda en un sobre. Se pueden codificar de 500 a 1000 símbolos en una lámina del tamaño de una hoja de papel corriente.
Escogiendo las cepas adecuadas de E. coli, se pueden enviar mensajes que aparezcan después de un determinado periodo de tiempo o dejar que degeneren lentamente en un proceso de autodestrucción si las bacterias son programadas para que sus propiedades fluorescentes respectivamente aparezcan o desaparezcan en el tiempo.
El receptor del sobre puede cultivar de nuevo las bacterias según ese mismo patrón y descifrar así el mensaje. La elección del medio de cultivo adecuado actúa como parte de la clave de descifrado, como vamos a ver.
En este proceso la clave principal para descifrar los mensajes está en el uso de antibióticos añadidos al medio de cultivo, pues se asocian determinados genes de fluorescencia a genes que proporcionan resistencia a los antibióticos. La idea es que sólo las bacterias resistentes a un antibiótico determinado porten el mensaje real. Usando amplicilina o kanamicina, por ejemplo, se mata a unas cepas u otras y las que quedan fluorescen en sus respectivos colores, proporcionando así el mensaje. Potencialmente se puede crear miles de estas claves combinado un determinado número de variedades genéticas.
La investigación ha sido financiada por DARPA, que desafió a diversos laboratorios para que pudieran transmitir información codificada usando señales químicas en lugar de señales eléctricas.
Sin embargo, los expertos en Criptología no ven que este sistema sea muy práctico. Según Meredith L. Patterson, investigador de seguridad de Red Lambda, el concepto es muy inteligente, pero no es un sistema práctico de ocultar información. Hay pocos antibióticos que se pueden usar para quebrar el código, así que éste no es seguro. Un método de fuerza bruta descifraría fácilmente el mensaje, aunque se puede pensar en un mensaje que de todos modos quede ambiguo bajo este método de ataque. Según Dominik Heider, que investiga sobre criptología de ADN en la Universidad de Duisburg-Essen (Alemania), el estudio es bonito pero dice que hay maneras más útiles de enviar mensajes secretos, como por correo electrónico.
Esta idea ya fue sugerida en el libro de ciencia ficción “Spiral” de Liam Connor. En él un biólogo experto en hongos con demasiados enemigos codifica pistas para resolver un viejo misterio mediante la inserción de genes de proteínas fluorescentes en el ADN de hongos.
Palacios dice que en realidad está más interesado en las aplicaciones potenciales de este tipo de técnicas como marca de agua en organismos modificados genéticamente, una especie de código de barras biológico que los identifique. De este modo las compañías con organismos patentados podrían identificar secretamente sus cultivos, semillas, etc. Los gobiernos también podrían controlar las prohibiciones sobre cultivos transgénicos y similares usando estas marcas de agua.
El equipo trabaja ahora en la codificación de mensajes en microorganismos más robustos como levaduras o bacterias formadoras de esporas, así como en organismos más complejos como plantas.
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Energía biofotovoltaica a base de musgo

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Energía biofotovoltaica a base de musgo

Área: Medio ambiente — Jueves, 29 de Septiembre de 2011
Científicos de la Universidad de Cambridge muestran en un festival un prototipo de mesa biofotovoltaica para así indicar el potencial de las pilas de combustible biológicas.
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El resultado que pasamos a relatar no trata de un gran descubrimiento, ni siquiera es importante o útil. Quizás, eso sí, es interesante. Simplemente tiene como protagonista a los musgos, que son unos seres que al que esto escribe le caen bien.
Algunos jardineros tienen antipatía al musgo porque invade el césped en regiones que son lluviosas. No saben que lo mejor es no luchar contra él, sino cambiar el Ph del suelo para así fomentar su crecimiento en detrimento de la hierba. De este modo no sólo tendrán una verde increíble en sus praderas, sino que no necesitarán segarlo ni gastar combustible en ello. A estos jardineros también les interesaría saber que con estas simpáticas plantas incluso se pueden fabricar pilas que produzcan electricidad que permita iluminar una mesa de jardín por la noche. Así lo han mostrado unos investigadores de la Universidad de Cambridge en el Festival de Diseño de Londres. Las pilas de combustibles que han diseñado producen electricidad a partir de musgos vivos de manera renovable. A esta técnica la han denominado biofotovoltaica, ya que usa la fotosíntesis natural para producir electricidad. 
El desarrollo de este tipo de tecnología está todavía en sus estadios de desarrollo y acaba de empezar, así que no hay que esperar una aplicación inmediata que remedie nuestros problemas de dependencia energética de los combustibles fósiles. Pero ya tiene el potencial de alimentar pequeños dispositivos electrónicos como un reloj. Además, el bajo coste de este tipo de tecnología haría que en los próximos diez años fuera competitiva respecto a otras fuentes de energía alternativa, como los biocombustibles.
Lo bonito de la energía biofotovoltaica es que tiene la habilidad de aprovechar un proceso natural que ocurren a nuestro alrededor constantemente como el de la fotosíntesis. Las plantas usan la energía del sol, agua y dióxido de carbono para producir sustancias orgánicas.
Cuando el musgo produce la fotosíntesis libera algunos productos orgánicos al suelo, en el que habitan bacterias simbióticas. Las bacterias descomponen estos productos orgánicos que utilizan para sobrevivir y liberan subproductos entre los que se incluyen electrones (algo común en casi toda reacción química). El sistema diseñado por los expertos de la Universidad de Cambridge captura esos electrones para así producir electricidad.
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Detalle del sistema. Fuente: Universidad de Cambridge.
No hace falta decir que el rendimiento de todo el proceso es muy bajo, pero el optimismo de alguno de estos investigadores es digno de mención. “La mesa de musgo nos proporciona una visión de futuro. Sugiere un mundo en el que objetos híbridos sintético-orgánicos y autosostenibles nos rodeen y nos proporcionen nuestras necesidades diarias de una manera limpia y medioambientalmente amigable”, dice por ejemplo Alex Driver.
Quizás, mirando a un futuro sean posibles aplicaciones de esta tecnología que incluyan paneles solares, centrales eléctricas y generadores. De momento esta sólo en una etapa conceptual, pero se imaginan este tipo de soluciones para problemas apremiantes a lo largo de todo el mundo, incluyendo las necesidades crecientes de energía y agua dulce en comunidades vulnerables.
Un sistema modular de paneles biofotovoltaicos podría ser montado en el tejado de edificios para que aportara parte de sus requerimientos energéticos. Una central biofotovoltaica podría consistir en un sistema flotante cerca de la costa con algas que generase energía para la comunidad local. Un generador biofotovoltaico podría consistir en colectores solares con algas montados en boyas ancladas en alta mar para generar electricidad y agua desalinizada como subproducto.
Este equipo de investigadores de Cambridge pone de relieve que la tecnología está en sus primeras etapas de desarrollo y que se necesitará mucho tiempo hasta que esta tecnología se pueda comercializar. La mesa de musgo presentada en el festival demuestra, según ellos, el modo en el que los diseñadores pueden jugar un papel valioso en los estadios tempranos de investigación científica al identificar el potencial comercial de un futuro producto.
Así que se acabó el reloj que funciona con una patata o un limón, mejor un reloj de musgo. Quizás alguna empresa ya está pesando en comercializarlo, o “regalarlo” con el cacao para preparar el desayuno de los niños.
Otra lección de que podemos aprender es que para conseguir fondos de investigación, en estos tiempos tan críticos económicamente, vale incluso un festival de diseño.
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Fuentes y referencias:
Nota de prensa.