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Por qué la guerra de Vietnam fue la batalla que inmortalizó a Mohamed Alí, FE EN UN SER SUPREMO CREADOR (DIOS)

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Mohamed AlíImage copyrightREUTERS
Image caption"Era como un dios griego, ¡hermoso!", fue como me describió a Alí su médico de cabecera Ferdie Pacheco, quien estuvo en su esquina durante la mayoría de los combates.

Como muchos niños de mi generación conocí a Mohamed Alí cuando se llamaba Cassius Clay. En el paradero del bus, dos compañeros de colegio discutían quién ganaría el combate entre él y Sonny Liston.
Hablaban de la revancha entre los dos púgiles que se llevaría a cabo esa noche, mayo 25 de 1965, después de que Clay derrotara sorpresivamente a Liston por nocaut técnico, el año anterior, llevándose la corona de los pesos completos.
Sin prestarle mucha atención, había alcanzado a ver en el diario que leía mi padre las fotos de cuerpo entero de los dos rivales con sus medidas respectivas. No sabía nada de boxeo pero eso me sirvió para meterme en la discusión con mis amigos y apostarle a Clay, solo porque el porte de toro de Liston me asustaba.






Sony ListonImage copyrightGETTY
Image captionEl tamaño y mirada de Sony Liston eran intimidantes. Tal vez por eso decidí apoyar a Clay.

No vi la pelea -eran las épocas anteriores a la transmisión satelital- y se me olvidó por completo escuchar la radio, así que ni siquiera estuve preparado para el debate al día siguiente en el paradero sobre la improbable y hasta sospechosa derrota de Liston por nocaut en el primer asalto.
Volaban las especulaciones. Algunos decían que Liston había iniciado la pelea con una fractura en el pómulo, otros que Clay tenía cosida una herradura de caballodentro del guante para mayor impacto. Ninguno sabía de lo que hablaba, naturalmente, y debo decir que, casi 50 años después, los expertos tampoco han podido descifrar el misterio.






Ali vs. ListonImage copyrightAP
Image captionLos expertos no han podido resolver el misterio del nocaut en el primer asalto de Sony Liston. El mismo Alí le grita que se levante.

Después de eso, Cassius Marcelus Clay desapareció de mi consciencia y de la historia. Cruzó mi vida otra vez como Mohamed Alí, en 1969 y en televisión, en lo que podría catalogarse como la primera pelea de boxeo virtual.
Tras haber alcanzado la fama, Alí fue vetado de los cuadriláteros por su negativa a prestar servicio militar en Vietnam.
Como no tenía otra opción, Alí participó en el montaje cinemático de una pelea contra el invicto campeón de los años 50, Rocky Marciano. Los expertos de boxeo siempre los comparaban y había un debate sobre de quién era el mejor púgil pesado de la historia: el elegante Alí o el corajudo Marciano.






Mohamed AlíImage copyrightPA
Image captionMohamed Alí transformó el boxeo con su elegancia de movimiento, rapidez y precisión en sus golpes.

Los productores ingresaron datos de ambos boxeadores en una computadora –sus medidas, condición física, estilos, puntos fuertes, puntos flacos, número total de asaltos en su historial, etc.- y coreografiaron un combate a 15 rounds que filmaron con varias cámaras.
La "pelea" me pareció muy realista, los golpes parecían de verdad, un buen maquillaje mostraba los cortes y hematomas -particularmente en el rostro de Marciano- pero, según el análisis de la computadora, Alí perdería por nocaut en el 14 y así fue que concluyó el montaje.
No me decepcionó mucho porque el resultado era ficticio y presumí que Alí se había prestado para esa fantasía por su precaria situación económica. Lo que hizo fue atraerme a su estilo de boxeo, con sus puños rápidos como el zarpazo de un tigre, el movimiento de piernas, bailes y fintas.
Me convertí en un fanático del boxeo y, en particular, del estilo de Alí que me cautivó, especialmente cuando regresó al ring con espectaculares combates contraJerry Quary y el argentino Oscar "Ringo" Bonavena.






Alí vs. FrazierImage copyrightREUTERS
Image captionHay que aceptar que Joe Frazier (der.) fue mejor que Alí en la primera de tres peleas que sostuvieron pero me dolió la derrota de mi ídolo.

Sufrí con sus derrotas frente al campeón Joe Frazier –en ese primer e histórico encuentro en el Madison Square Garden en 1971- y contra Ken Norton, dos años después, pero no pude contener mi emoción cuando se desquitó de ellos poco después y reconquistó la corona de los pesos completos en Zaire (ahora República Democrática del Congo) frente al fuerte pegador George Foreman.
La pelea que más recuerdo –en mi opinión la última gran pelea que dio- fue su tercer enfrentamiento contra Joe Frazier en Manila, Filipinas, que ganó por nocaut técnico en el último asalto.
Pagué US$50 (mucho dinero para mí en esa época) por verla en pantalla gigante en Los Ángeles, California, entre una algarabía ensordecedora que se incrementaba con cada golpe que se daban y la impresionante resistencia física de ambos boxeadores.
Ferdie Pacheco, el médico de cabecera de Alí que estuvo en su esquina durante la mayoría de su carrera, me dijo en una entrevista, muchos años después, que ninguno de los dos debió haber peleado ese día. "Joe Frazier era un boxeador acabado y Alí no tenía nada que probar", fue lo que comentó.
Lo cierto es que ninguno fue el mismo después de ese memorable combate, tal vez el más ejemplar del coraje y determinación que se necesita para ese rudo deporte.






Ali vs. Frazier en ManilaImage copyrightAP
Image captionLa pelea contra Frazier en Manila fue brutal, ambos boxeadores lo dejaron todo en el ring. Joe Frazier no pudo salir al decimoquinto asalto pero Alí luego confesó que si no hubieran parado la pelea el tampoco hubiera contestado la campana.

Desde una butaca en las gradas o un sillón en una sala, tomando cerveza y comiendo papas fritas es muy fácil gritarle a un boxeador que lance más golpes, que se mueva, que se proteja, que se levante del piso antes del conteo.
Lo hacen, pero pocos entienden lo que eso requiere. Vine a acercarme a esa realidad cuando, en los 90, visité el gimnasio de entrenamiento de Angelo Dundee, el legendario entrenador de Alí, para una nota de BBC Mundo.
Dundee me hablaba de sus boxeadores, especialmente de Alí, como si fueran sus hijos pero, durante las sesiones de entrenamiento, caminaba entre ellos dando su frío análisis, corrigiendo defectos: "Levanta ese brazo, mueve la cabeza, matén esos pies más separados… "






Dundee y AlíImage copyrightREUTERS
Image captionAngelo Dundee sirvió de entrenador, amigo y confidante de Alí durante todo su período como profesional.

Entre los rítmicos saltos de soga, golpes a las peras, los sacos pesados, ejercicios de sombra, de pronto sentí el ambiente temblar con el desplazamiento de una fuerza súbita que extendió sus ondas por el aire.
Fue el efecto de un golpe certero al costado que un púgil le había propinado a otro durante una sesión de sparring. En un sólo instante la víctima se desinfló por completo, emitió una exhalación patética y cayó a la lona como un bulto de papas.
Me sorprendió que nadie se inmutara ni parara lo que hacía, mientras que el pobre boxeador intentaba desesperadamente recobrar el aliento.






Mohamed Alí entrena contra un saco pesadoImage copyrightGETTY
Image captionEl boxeo es un deporte rudo y solitario. Cuando suena la campana está el púgil frente a su contrincante y nada más.

"Eso es el boxeo", me dijo Dundee sin más ni más, "uno está solo en el ring, nadie te va a dar la mano. Yo estoy aquí para tratar de evitar que eso le pase a mis boxeadores durante un combate".
A pesar de esa dura realidad continúo siendo un aficionado del boxeo. Trato de no perderme las peleas que pasan por los canales especializados, sobre todo si son de púgiles que admiro, aunque no me gustan los enfrentamientos donde los rivales no estén al mismo nivel de preparación.
He visto los videos de la mayoría de las peleas de Alí, y de muchos otros, más de una vez. Hay algunos clásicos, como el que mencioné anteriormente de Manila, en los que deslumbra.






Mohamed AlíImage copyrightPA
Image captionSe autoprocalmó "el más grande" boxeador de todos los tiempos y muchos están de acuerdo.

¿Fue "el más grande", como se autoproclamaba? Tal vez sí, tal vez no. Depende de la perspectiva con que se le mire.
Lo que sí reconozco, además de sus dotes de púgil, fue su manera de promoverse a sí mismo, su gran personalidad, su chispa, su ingenio fuera del ensogado. Algunas veces burda, inclusive insultante, su lengua era tan rápida como sus jabs.
Confieso que, de adolescente, me llamaba la atención toda su verborrea y desfachatez pero esa facilidad de expresión, rara en deportistas de su generación, le sirvió tal vez para lo que más yo lo voy a recordar: su compromiso con los derechos civiles de los negros y su inflexible oposición a la guerra de Vietnam.






Ali se niega a ir a VietnamImage copyrightAFP
Image captionEn 1967, Alí dio una rueda de prensa en la que declara su oposición a prestar servicio militar en Vienam. Esa decisión le costó su corona y un asilamiento deportivo de tres años.

Mejor no lo pudo declarar cuando defendió su postura de no combatir como hombre de una raza segregada en EE.UU. contra un pueblo que nunca lo había agredido personalmente: "Ningún vietcong (militante de Vietnam del Norte) jamás me ha llamado nigger (término ofensivo para referirse a un negro en inglés)".
Muchos lo tildaron de cobarde pero esa postura necesitó más valor que la que jamás tuvo con los guantes puestos.
Le tocó caminar solo durante varios años en el ring de la vida por enfrentarse al gobierno estadounidense cuando eran muy pocas las voces que se atrevían a criticar la guerra.
Hay y habrá muchos más excelentes boxeadores pero ¿cuántos influirán tan profundamente en la sociedad y el mundo? Esa es la verdadera grandeza.

Colección SELECTA y personal de estudios del BLOG 2016


Neurocirujano de Harvard ve el paraíso de Cristo

Profetacuentalabiblia miles de artículos de ciencia y teología.
Dr. Eben Alexander
Dr. Eben Alexander ha sido un neurocirujano durante los últimos 25 años. Su libro, La prueba del Cielo: El Viaje de un neurocirujano en el Más Allá , será publicado por Simon & Schuster el 23 de octubre de 2012.


En la revista Newsweek

El cielo es real: La experiencia de un doctor con el más allá

Cuando un neurocirujano se encontraba en estado de coma, experimentó cosas que nunca creyó posible, un viaje al más allá.


Como un neurocirujano, yo no creía en el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte. Yo crecí en un mundo científico, el hijo de un neurocirujano. He seguido el camino de mi padre y se convirtió en un neurocirujano académico, enseñando en Harvard Medical School y otras universidades. Yo entiendo lo que ocurre en el cerebro cuando las personas están a punto de morir, y yo siempre había creído que había una buena explicación científica para los celestes fuera del cuerpo desplazamientos descritos por aquellos que escapó por poco de la muerte.
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El cerebro es un mecanismo sorprendentemente sofisticado pero extremadamente delicado. Reducir la cantidad de oxígeno que recibe por la cantidad más pequeña y reaccionar. No fue una gran sorpresa que las personas que habían sufrido un traumatismo grave regresaría de sus experiencias con historias extrañas. Pero eso no significaba que había viajado en cualquier lugar real.
Aunque me considero un fiel cristiano, yo estaba tan más en nombre de la creencia en efectivo. Yo no envidio a los que querían creer que Jesús era más que simplemente un buen hombre que había sufrido a manos del mundo. Yo simpatizaba profundamente con aquellos que querían creer que había un Dios en alguna parte ahí fuera que nos amó incondicionalmente. De hecho, he envidiado a esas personas la seguridad de que esas creencias sin duda proporcionada. Pero como científico, simplemente sabía que no les creo a mí mismo.
En el otoño de 2008, sin embargo, después de siete días en estado de coma en el que se inactiva la parte humana de mi cerebro, el neocórtex, experimenté algo tan profundo que me dio una razón científica para creer en la conciencia después de la muerte.
Me gustaría saber cómo pronunciamientos sonido mina a los escépticos, así que voy a contar mi historia con la lógica y el lenguaje de los científicos que soy.
Muy temprano por la mañana, hace cuatro años, me desperté con un dolor de cabeza muy intenso. En cuestión de horas, mi corteza toda la parte del cerebro que controla el pensamiento y la emoción, y que en esencia que nos hace humanos-había cerrado. Los médicos del Hospital General de Lynchburg en Virginia, un hospital donde me trabajó como neurocirujano, determinó que había contraído alguna manera una meningitis bacteriana muy poco frecuente que ataca sobre todo los recién nacidos. La bacteria E. coli había penetrado en mi líquido cefalorraquídeo y estaban comiendo mi cerebro.
Cuando entré en la sala de emergencia de la mañana, mis posibilidades de supervivencia en algo más que un estado vegetativo ya eran bajos. Pronto cayó a cerca de inexistente. Durante siete días, yo estaba en un coma profundo, mi cuerpo no responde, mi orden superior cerebro funciona totalmente fuera de línea.
Alexander habla de su experiencia en el canal Science 'A través del agujero de gusano.
Luego, en la mañana de mi séptimo día en el hospital, según mis médicos pesado si se suspende el tratamiento, mis ojos se abrieron de golpe.
Cielo
"No tienes nada que temer." "No hay nada que puedas hacer el mal." El mensaje me inundó una sensación inmensa y loco de alivio. (Ilustración fotográfica por Newsweek; Fuente: Buena Vista Images-Getty Images)
No hay una explicación científica para el hecho de que mientras mi cuerpo estaba en estado de coma, mi mente, mi conciencia, auto-interior estaba vivo y bien. Mientras que las neuronas de mi corteza se sorprendieron al completar inactividad por las bacterias que los habían atacado, mi cerebro sin conciencia viajado a otro mayor dimensión del universo: una dimensión que nunca había existido y que soñaba con la edad, pre-coma me habría sido más que feliz de explicar era una imposibilidad simple.
Pero esa dimensión, a grandes rasgos, la misma que la descrita por los sujetos sin número de experiencias cercanas a la muerte y otros estados místicos-está ahí. Existe, y lo que vi y aprendí allí me ha puesto literalmente en un mundo nuevo: un mundo en el que somos mucho más que nuestros cerebros y cuerpos, y donde la muerte no es el final de la conciencia, sino más bien un capítulo de un vasto e incalculablemente positivo, viaje.

    No soy la primera persona en tener evidencia descubierto que la conciencia existe más allá del cuerpo. Breves destellos, maravillosas de este reino son tan antiguos como la historia humana. Pero hasta donde yo sé, nadie antes que yo haya viajado alguna vez a esta dimensión (a), mientras que su corteza se cerró completamente hacia abajo, y (b), mientras que su cuerpo estaba bajo observación médica minuto, como el mío era para los siete días completos de mi estado de coma.