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Gran Hermano evoluciona

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Gran Hermano evoluciona




Según un artículo que publica esta semana la revista Nature, seguir los movimientos de cualquier persona puede hacerse, hoy, de forma barata y sencilla, y prácticamente sin ninguna restricción sobre quién vigila a quién y para qué. El artículo está firmado por Jerome E. Dobson, del Departamento de Geografía de la Universidad de Kansas, y lo reproduzco a continuación casi íntegramente debido a su excepcional interés.



Si usted se está acostumbrando aún a la idea de que los circuitos cerrados de televisión hayan convertido muchos espacios públicos en un moderno panopticon -a la manera de los edificios-prisión que "todo lo ven" concebidos por el aarquitecto del siglo XVIII Samuel Bentham-, entonces está usted a punto de sufrir un shock. De hecho, la próxima generación de dispositivos de vigilancia está concebida de tal forma y tiene tantas y tan enormes implicaciones para la privacidad y la libertad personal que incluso el Gran Hermano de Gorge Orwell parece un simple aficionado.

Aunque un circuito cerrado de televisión es pasivo -usted puede ser vigilado solo si se coloca frente a una cámara- otras herramientas hacen posible, hoy, una vigilancia constante. La mejor forma de describirlas es "sistemas de seguimiento humano", y son dispositivos que permiten la monitorización electrónica de individuos 24 horas al día, utilizando sistemas de información geográfica (GIS), Sistemas de Posicionamiento Global (GPS) y comunicación de dos vías. 

Esas tecnologías, además, están presentes por todas partes. Las empresas de mensajería, por ejemplo, utilizan sistemas de rastreo para monitorizar mercancías en tránsito. Lo que es nuevo es la forma en que estos sistemas están empezando a usarse para monitorizar los movimientos de las personas, en algunos casos sin su conocimiento. 

Tampoco hay escasez de dispositivos al alcance de cualquiera que los desee. Un receptor GPS o un transmisor de identificación por radio frecuencia (RFID) puede ser instalado en un brazalete, una etiqueta o un teléfono móvil, o ser incluso implantado bajo la piel, y las coordenadas exactas del transportista serán transmitidas al proovedor del servicio. La localización del dispositivo puede después acoplarse a cualquier cosa que sea localizable en un sistema GIS, desde una calle a un edificio. 

Algunos dispositivos van incluso más allá, y registran funciones fisiológicas como la temperatura corporal, las pulsaciones o el grado de transpiración. Nada de esto requiere, además, una gran sofisticación tecnológica por parte de los usuarios. Al contrario, es posible obtener resultados efectivos utilizando un simple teléfono móvil. Triangular las señales de radio de un móvil a partir de varias antenas de telefonía cercanas puede ofrecer unas coordenadas razonablemente precisas. Y muchos teléfonos incorporan, además, receptores GPS. Un ordenador portátil conectado a una red inalámbica puede ser rastreado de la misma forma.

Los sistemas electrónicos de rastreo humano tienen muchas aplicaciones positivas. Por ejemplo, garantizan el cumplimiento de la ley monitorizando a los delincuentes en sus propias casas sin necesidad de mantenerlos encarcelados. Las familias pueden usar esos mismos sistemas para no erder de vista a familiares con Alzheimer en caso de que estén fuera de casa. Estas tecnologías son altamente efectivas, fáciles de usar y relativamente baratas. 

En menos de cinco años, el coste anual para la vigilancia continua de un individuo ha caido de varios cientos de miles de dólares a sólo 500. Lo que significa que unas tecnologías que antes sólo estaban al alcance de los servicios de seguridad y de algunas grandes empresas son ahora asequibles para cualquiera. 

Por ejemplo, resultaría bastante fácil para una persona casada conseguir un dispositivo o un servicio que le permitiera, a él o a ella, seguir a su pareja en cada paso: o para un padre comprar un sistema de rastreo que pudiera colocar alrededor de la muñeca de un niño; o para los empresarios que quisieran monitorizar los movimientos de su personal. 

Xora, una empresa que se dedica a los recursos móviles en Mountain View, California, asegura que ya estaba rastreando a más de 50.000 empleados de 4.500 empresas en 2005 (el último año en que dejó esta información accesible).

Los fabricantes de sistemas de rastreo humano se refieren a ellos como "geoalambradas". Que con una pequeña dosis de obligatoriedad en su uso o de engaño, pueden rápidamente transformarse en "geoesclavitud", ya que la persona que realiza el seguimiento ejerce un control significativo sobre el objetivo, que incluye el poder de reprimenda o castigo

Resulta fácil darse cuenta que una monitorización bien intencionada puede evolucionar rápidamente en algo más preocupante. 

Mucha gente estaría de acuerdo, por ejemplo, en que los padres tienen derecho a saber dónde están sus hijos, pero una vigilancia contínua, durante las 24 horas, es una perspectiva mucho más dudosa.De la misma forma, todo gobierno tiene el derecho, y la obligación, de monitorizar a extranjeros sospechosos de ser terroristas, pero etiquetar a todos los inmigrantes puede crear serias preocupaciones en cuanto a los derechos humanos.

Los fabricantes no pueden ser responsabilizados por las formas en que algunas personas puedan usar sus productos, pero los dispositivos de rastreo de personas están inevitablemente abocados a amplificar algunas de las tendencias más extremas de la naturaleza humana
Cómo podemos protegernos de eso? La respuesta a esta pregunta debe ayudar a cada nación o cultura a determinar cómo sus leyes, costumbres o instituciones podrían ser cambiadas. 

Resulta crucial, también, abordar los aspectos éticos del rastreo y seguimiento humano desde la perspectiva científica. Consideremos la controversia que suscitó el año pasado un estudio sobre patrones de movilidad humana realizado por Marta González y sus colegas de la Northeastern University en Boston, Massachussets. El grupo utilizó información procedente de los registros de 100.000 teléfonos móviles, obtenidos a base de rastrear a sus dueños durante seis meses sin que ellos lo supieran o consintieran. 

La compañía europea de telecomunicaciones que facilitó los datos para el estudio asegura que éstos eran absolutamente anónimos. Los críticos, sin embargo, insisten en que el anonimato no es lo mismo que el consentimiento y en que geografía es igual aidentidad. Averiguar dónde un teléfono móvil pasa la mayor parte del día o de la noche es conocer las direcciones y las calles. A partir de ahí se puede determinar el nombre del dueño del teléfono, su residencia y su lugar de trabajo. Se necesitan guías éticas que aseguren que los investigadores comprenden los riesgos, y no sólo los beneficios, de determinadas investigaciones. 

Las aportaciones de las redes sociales a los sistemas de seguimiento de personas serán sin duda sustanciales, por ejemplo, para amigos que se quieran reencontrar o mantener un contacto. Con Google Latitude, además, se podrá seguir a cualquiera mientras se mueve, todo un servicio gratuito de rastreo de personas.

Seguramente, la tecnología está saltando sobre cualquier otra clase de relación social: de marido a mujer, de padre a hijo, de jóven a joven, de empleador a empleado, de gobierno a ciudadano, de vendedor a cliente, de investigador a sujeto, de criminal a víctima... 

Hemos entrado en un enorme experimento social y con mayor trascendencia que cualquier otro en el pasado, y a pesar de ello tan insidioso que prácticamente nadie se da cuenta de ello.

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Thalia