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Tenemos un impulso igualitario innato

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Tenemos un impulso igualitario innato

Área: Psicología — Miércoles, 18 de Abril de 2007
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Un experimento en psicología económica encuentra que tenemos tendencias igualitarias.
Al parecer las personas son capaces de usar su propio capital para conseguir que los más afortunados sean un poco menos afortunados desde el punto de vista económico y que los pobres consigan algo más de dinero.
En estudios previos se habría demostrado que la gente está dispuesta a perder dinero si con ello castigaba o recompensaba a otros, especialmente en experimentos en los cuales la contribución en un bote común beneficiaba a todos. Pero en esos casos es difícil determinar si las acciones son motivadas por unas preferencias hacia el igualitarismo o si obedecen a un deseo de reforzar las normas que animan a la cooperación del grupo.
James Fowler de University of California en San Diego y sus colaboradores diseñaron un juego para ver qué es lo que realmente nos mueve en este tipo de situaciones.
Según sus resultados el igualitarismo es algo más que una idea mantenida por filósofos, teóricos de la política o defensores de las utopías. Al parecer aunque eliminemos el interés propio y los factores de cooperación del grupo, los humanos tendemos a dar a los pobres y a quitar a los ricos incluso si nos cuesta dinero propio.
Según Howler el experimento muestra que las tendencias igualitarias emanan de la evolución de la cooperación y reciprocidad en los humanos y que una de las razones por las que cooperamos puede ser precisamente porque nos gusta la igualdad.
Un análogo de esta tendencia en el mundo real lo tendríamos en el sistema progresivo de impuestos que gravan más a los más ricos.
Si la gente tuviera menos sentido de la igualdad el mundo probablemente sería mucho más desigual de lo que ya es.
En el experimento participaron 120 voluntarios y se realizó en seis sesiones distintas, cada jugador jugó el juego un total de cinco veces y en grupos de cuatro. Además la composición del grupo cambiaba cada vez y a los participantes se les negaba el acceso al historial de juego de los demás. De esta manera se eliminaba en el experimento las tendencias de revancha mediante por el enmascaramiento de los otros participantes que les hacía imposible desarrollar una reputación (buena o mala).
A los participantes se les asignaba una cantidad aleatoria unidades monetarias de entre cuatro que eran canjeables por dinero real. En cada jugada la computadora asignaba 12, 16, 24 o 36 de estas unidades cada jugador. Cada unidad monetaria se canjeaba posteriormente con 5 centavos de dólar (quizás demasiado poco).
A cada jugador se le mostraba lo que conseguían los demás pero no quien se llevaba cada suma. Entonces se les daba la oportunidad de mantener el reparto tal y como estaba o reducir su propio capital en una unidad para poder reducir o aumentar el capital de los demás. Después se mostraban las ganancias de cada partida.
La alteración del reparto era muy frecuente y cerca de tres cuartos de los participantes pagaron al menos una vez para que otros redujeran o aumentaran sus ganancias. Un tercio efectuó esas operaciones cinco veces o más. El impulso igualitario era más fuerte de lo que previamente estos investigadores habían pensado.
Los sujetos que recibían de entrada más capital eran penalizados por los demás más frecuentemente y más duramente con una media de tres cuartos de unidad por cada unidad que tuvieran por encima del promedio. Por el contrario, aquellos que empezaron con menos que los demás recibieron capital en una media de ocho décimos de unidad por cada unidad que estuvieran por debajo del promedio.
El patrón de comportamiento tenía como efecto igualar los ingresos de todos. Además el comportamiento de los jugadores no cambiaba conforme adquirían más experiencia con el juego, siendo por tanto muy claro para ellos que no había nada que ganar con su comportamiento altruista.
El comportamiento tampoco dependía de si habían sido obsequiados o castigados en las partidas anteriores.
Todo ello indica que se movían por ciertos principios más que por una táctica razonada.
A los jugadores se les entregó un cuestionario diseñado para estudiar sus emociones que revelaron altos niveles de enfado, enojo y molestia ante una hipotética situación en la que uno de los jugadores obtenía mucho más capital que los demás. Los que mostraban más de estos sentimientos fueron los que tenían más tendencia hacia una distribución más igualitaria durante el juego.
Según los investigadores es la ira y el enojo hacia las personas que ganan más lo que mueve a los participantes hacia esta política.
Fowler ha podido determinar además que el comportamiento en este juego se correlaciona con la participación política de los individuos. Los más igualitarios en el juego suelen votar y participan más activamente en la vida social y política de su entorno.
Según Fowler el impulso “Robin Hood” mostrado en el laboratorio parece trasladarse a ser un buen ciudadano en el mundo real.
El impulso igualitario sería una de las razones por las que mostramos más cooperación que otras especies y somos más propensos a castigar a los que no cooperan, incluso cuando el castigo va en contra de nuestros intereses.
Según Robert Frank de Cornell University en Ithaca (New York), y no participante en el estudio, la desigualdad es peligrosa y alienta fricciones y disputas. Afirma además que nuestra habilidad para evitar parcialmente ese conflicto a través de ese mecanismo puede habernos dotado de una ventaja competitiva desde el punto de vista evolutivo.
Ernst Fehr de la Universidad de Zurich (Suiza) dice que este estudio muestra que una combinación de altruismo e igualitarismo nos motiva para castigar a los caraduras, y está en consonancia con lo que nos cuenta la antropología sobre las sociedades pequeñas en todo el mundo. En ellas se comparten alimentos, y en algunas de ellas incluso se ha desarrollado un “estado del bienestar” a pequeña escala que distribuye las ganancias a través de una distribución de alimentos independientemente del éxito que se tenga cazando.
¿Hay un pequeño comunista anidando en nuestros corazones?
Fuentes y referencias:

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Thalia