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Cooperación, reputación, rumores y hechos

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Cooperación, reputación, rumores y hechos

Área: Psicología — Martes, 23 de Octubre de 2007
Según un estudio la influencia de los rumores, los chismes o los cotilleos son más importantes que los hechos a la hora de formarse una opinión sobre alguien.
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Foto: Sreejibabu vía Flickr.
Los rumores sobre una persona pueden destruir su reputación, por lo que en la mayoría de los casos no tienen ningún valor positivo. La cuestión es saber por qué se tienen en cuenta o si estamos de alguna manera condicionados para creer en los rumores.
Muchos problemas de las sociedades humanas como la sobreexplotación de las reservas pesqueras o los abusos en el sistema de bienestar son la viva representación de un fallo en el sistema de cooperación. Incluso algunos de estos conflictos que hay entre el interés general de la sociedad y el del individuo podrían ser una amenaza para la supervivencia de la humanidad, como en el caso del consumo de los combustibles fósiles y el problema de cambio climático que esto supone.
El ser humano es un ser social y a lo largo de millones de años de evolución biológica y cultural nos hemos dotado de mecanismos que ayudan a la mejora de la cooperación entre las personas, aunque a veces no funcionen bien. Ahora se ha empezado a analizarlos. 
Los investigadores ya han mostrado que hay factores que aumentan nuestra disposición a cooperar, de tal modo que castigamos a aquellos que explotan los recursos públicos en su beneficio personal y recompensamos a aquellos con buena reputación. Lo interesante desde una perspectiva política sería saber si la extensión efectiva del mecanismo de reputación y sanción puede redundar en un aumento de la cooperación, y de si estos mecanismos son siempre justos y suficientes.
Para estudiar experimentalmente estos dilemas sociales se utilizan unos juegos o experimentos muy interesantes que exploran de manera objetiva los mecanismos psicológicos involucrados en la cooperación humana. En la configuración básica se pide a los jugadores participantes (que juegan con dinero de verdad proporcionado en primera instancia por los investigadores) que aporten una contribución económica por ronda al bote común de todos los jugadores. El investigador dobla la cantidad del bote en cada mano y reparte el resultado a partes iguales entre los participantes e independientemente de su contribución. Obviamente si un jugador contribuye menos que los demás saldrá ganando más que sus compañeros, así que esta opción será una tentación para todos los jugadores, empezando por los más egoístas.
Aunque estos juegos empiezan de manera cooperativa (todos aportan), al cabo de un tiempo aparecen conductas egoístas que terminan con una contribución nula al bote común. Digamos que el egoísmo gana y la cooperación fracasa, pese a que la cooperación reportaría más ganancias a todos.
El juego se puede sofisticar más si a los jugadores se les da la oportunidad de castigar económicamente a los que no cooperan, aunque al que castiga le cueste dinero de su capital personal. En este escenario los jugadores tenderán a cooperar pasado un tiempo para evitar el pago de castigos y multas.
Es concebible que se pueda conseguir un alto nivel de cooperación con un número reducido de castigos si los participantes tienen la oportunidad de construir una buena reputación, ganando prestigio personal a través de su comportamiento. Según el “da y recibirás” los individuos que hubiesen apoyado a los demás en el pasado recibirán apoyo de otros. Para disfrutar de esta suerte de reciprocidad indirecta es importante construirse un buen estatus o prestigio. Al mismo tiempo los jugadores no cooperativos son castigados denegándoles el apoyo al tener “mala fama” o mala reputación.
Sobre esta base, y en este tipo de situaciones, uno esperaría que el castigo, al ser costoso para todos, no se aplicara transcurrido un tiempo si es posible construirse una reputación aportando generosamente dinero al fondo común a través de numerosas manos o rondas en el juego. Después de todo, es más efectivo contribuir que ser sancionado.
En consecuencia, como las sanciones son caras para el sancionado y el sancionador, uno esperaría que al cabo de un tiempo aparezca un alto nivel de cooperación una vez que los participantes aprenden la dinámica del juego bajo estas circunstancias. ¿Qué pasa entonces si en este tipo de juegos se da la oportunidad de construirse una reputación? ¿Reemplazará la reputación a las sanciones? ¿Será siempre justo?
En el pasado los científicos diseñaron experimentos en el que se daba a los participantes la opción de elegir en cada ronda entre pertenecer a un grupo en el que se pueda sancionar y construir una reputación o pertenecer a un grupo en donde sólo es posible construirse una reputación. En otro tipo de experimento se les daba la opción de elegir entre un grupo con sólo la oportunidad de castigar y otro en el que era posible hacerse con una reputación y poder sancionar.
Aunque en un primer momento los participantes elegían la otra opción, según avanzaba el juego más y más jugadores se pasaban al grupo en el que era posible castigar y además construirse una reputación (en los dos tipos de experimentos). Según se desarrolla el juego el grado de cooperación aumenta y en las pocas ocasiones en las que aparece el comportamiento egoísta, éste es severamente castigado.
¿Hemos dado ya con la solución a los problemas de cooperación entre las personas, grupos sociales y estados? ¿Es todo tan sencillo?
El sistema basado en la reputación no es tan perfecto, como alguien con sentido común puede fácilmente imaginar. ¿Cómo se construye una reputación? Generalmente se crea a partir de la información disponible. O bien a través de los hechos que hemos conocido directamente, o bien a través de lo que otros nos cuenten. No nos olvidemos que son los demás los crean la reputación de alguien, aunque éste haga lo que esté en su mano para obtenerla.
En estudios anteriores se pudo determinar que las personas tienden a tener más en cuenta una información si viene proporcionada por alguien de la misma edad y género. Además se vio que somos más proclives a transmitir información negativa de personas de alto estatus social, mientras que tendemos a transmitir información positiva sobre los amigos. De este modo los rumores modelan la reputación de las personas. Como la reputación ayuda a determinar si la gente coopera entre sí, los investigadores del campo querían saber cómo afectaba el cotilleo a la opinión que se tiene sobre los demás y cómo esto influye en nuestras acciones.
Para estudiar precisamente este aspecto un grupo de investigadores del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva de Plön (Alemania) ha ideado un sistema de juego computerizado que ha proporcionado resultados sorprendentes (o quizás no tanto).
Dispusieron grupos de nueve estudiantes alrededor de una mesa con ordenadores portátiles de tal modo que unos separadores proporcionaban cierto anonimato a sus decisiones.
En cada ronda del juego los jugadores tenían que decidir si tenían que entregar una cierta cantidad de dinero a otro jugador designado del grupo. Cuando un jugador decidía dar dinero a otro jugador se consideraba que habían cooperado. Según el juego evolucionaba los jugadores cambiaban de pareja e iban calificando a los demás según el grado de cooperación. Los juicios sobre los otros jugadores iban desde “jugador generoso” a “avaro asqueroso”. Más tarde eran los investigadores los que introducían este tipo de calificaciones (no necesariamente verdaderas) acerca de los jugadores para simular el cotilleo.
El estudio revela que cuando a los jugadores se les proporcionaban los registros reales de cómo su pareja de juego había jugado con anterioridad y los comentarios sobre ella de los demás, entre los que se encontraban los introducidos por los investigadores a propósito y que a veces eran falsos, tendían a hacer más caso a los cotilleos que a los hechos a la hora de decidir si cooperaban o no. Por tanto un chismorreo mal intencionado podía dar al traste con un buen historial de generosidad.
Es como si la información proporcionada por los demás fuera más valiosa que los hechos, o que esta información fuera más fácil de evaluar que los hechos mismos. Por un lado los rumores contribuyen a construir una reputación que ayuda a tomar decisiones de cooperación, y ésta hace que las relaciones humanas sean más justas a efectos cooperativos. Pero por otro lado es fácil arruinar injustamente la reputación de alguien si la pereza de basarnos en rumores nos impide ver los hechos objetivos. La gente por tanto podría estar ajustando su visión del mundo a la percepción que tienen de él los demás.
Otros investigadores apuntan que la cooperación es mucho más complicada en el mundo real que en este tipo de juegos. En el mundo real es importante reconocer la presencia de diferencias de poder, ya que la opinión de unas personas es más importante que la de otros, y por tanto sus consecuencias son diferentes. En las situaciones reales hay además otros factores, suele haber más de una fuente de información y la gente frecuentemente sabe si la fuente es fiable o no. Además el rumor malintencionado es un arma de doble filo que puede dañar la reputación del que lo difunde.
¿Se le ocurre algún ámbito donde se puedan aplicar estos resultados? Seguro que sí.
Fuentes y referencias:
Gossip as an alternative for direct observation in games of indirect reciprocity.
Instituto Max Planck.
Science.

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Thalia